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Terra
La Coctelera

La cagatina del abuelo Oscar

 

Entre la paila marina de mariscos surtidos, la ensalada de betarraga con cebolla y cilantro, los cuatro vasos llenos hasta el tope de vino tinto. Rematándola, no se aguanto probar el pastel de choclo, sopita de verduras, frutillas con crema y bajativo incluido. A eso hay que agregar un desayuno potente;  huevos revueltos con tocino, leche con plátano, café y pan recién horneado.

Por todo esto, el Tata Armando se agarro una churretina terrible, que lo dejo al borde de la deshidratación y postrado en las cuatro paredes del baño de al fondo del patio, por casi dos días.

Le apareció fulminante y masiva, con una retorsión de tripas de aquellos, como un eco lejano de bestia dormida en su panza convulsionada e hinchada.

Fue tanta la emergencia del momento, que sus canillas enclenques y débiles invocaron fuerzas descomunales, de esas que ya no tenia, para llegar a tiempo al lejano cuarto del patio. De unas cuantas zancadas lo recorrió, con casi todos los músculos apretados y con esa sensación extraña, como de mente en blanco, como gallina afligida y perseguido por el fantasma en vida de sus tripas en diarrea.

Increpaba su glotonería, mal humorado y apurado. Divagando en ese mínimo instante de camino desesperado, que le pareció durar una eternidad.

 

Ya entronado, vació su aflicción, malhumorado de su impasse digestivo. El tsunami de manantiales jaspeados y marrones lo dejo agotado, arrepentido; sin una gota más de líquido que poder botar.

 

A pesar de su delgadez, flaco como perro vagabundo. Tenía el don de comer...comer y comer si medir, por que nunca tuvo represalias. Su estomago, en sus tiempos de retiro ocioso, se convirtió en su mejor aliado y disfruto de los festines que la abuela cocinaba. Junto a ella renunciaron al placer carnal y por esto se armaron de cuchillos y tenedores, en comilonas interminables. Eran almuerzos infinitos, con sobremesas lúgubres, solitarias y silenciosas que terminaban a la hora del te, en un círculo vicioso de festines sin pausa.

Pero ese domingo fue distinto, su barriga le dio la espalda por dos días sin compasión, dejándolo sometido a sopitas de arroz desabridas, y no hubo infusiones de canela con ruda, ni las tiras y tiras de pastillas de carbón que le diera tregua a esa cagatina infernal.

 

Así que desde esos días, que los pasó entre su pieza y el baño, algo cambio. El Tata Armando claudico ante su barriga ya cansada; no más tentempiés, desarreglos y comilonas. Se refugio con la abuela en su dormitorio a retomar vicios pasados, a comerse vivos entre ellos, alargando las mañanas hasta el limite de sus fuerzas y del reloj. Aunque la sonajera de tripas les impedía escuchar sus murmullos de amor. Mi abuela desgarrando el pellejo del Tata y este degustando las carnes nuevas y olvidadas de la abuela. Se apretaban en pasiones casi olvidadas y que los había hecho tener diez hijos, con menos de un año de diferencia entre ellos, pero que ahora, en su segundo aire erótico, podían disfrutar sin la preocupación de traer otro crío que sentar a su mesa.

Don Tocornal reserba, blanco

 

Entre pailas de cobre y sartenes con hollín gastados, rodeado de olores a orégano ajo y otros condimentos, empezaba su rutina de mañana tarde y noche.

Se paraba en medio de la cocina, impúdico y sin vergüenza, como iluminado de sus ganas vineras insaciables.

Tronco recto, con su mano izquierda en la cintura, sus ojos medios, pero expectantes y en su mano derecha, como  un Cádiz, un trofeo: su vaso transparente, dorado de vino blanco. Su agua de la vida, Don Tocornal Reserva, recién ordeñado.

Se lo tragaba de un solo envión, en un ejercicio memorizado tan antiguo como la historia, al seco y sin pudor, en un movimiento instantáneo. Dejándolo de golpe borracho, amoroso y querendón, con un genio de abuelo dorado como su vino.

Nos regaloneaba a destajos, cantando, bailando y corriendo por la casa, cumpliendo todos nuestros caprichos de niños felices. Podíamos usarlo de caballo a cuatro patas, con  sus tres nietos montados a cuestas, haciéndolo cabalgar  por la casa y dejándole sus coyunturas moradas por el trajín desbocado.

Cuando este corcel eufórico se trasformaba en un percherón sin aliento, nos íbamos al jardín, ese de frutillas y hierbabuena, con madreselvas desordenadas y un viejo boldo descuidado y oloroso. Ahí podíamos pasa toda la tarde buscando a la "Fresa", una vieja y solitaria tortuga de tierra que por lo general nunca se dejaba ver, era la dueña invisible del jardín, y en honor a su nombre devoraba cada una de las frutillas, sin preocuparse si estuvieran verdes o maduras, dejándole una indigestión que le duraba toda la estación. Para nosotros nos quedaban las frutillas que se salvaban de su apetito voraz, por lo general mutiladas, mordisqueadas por esta mascota incógnita del jardín.

El abuelo nos dejaba ahí, por que su sueño y cansancio lo vencían, se quedaba en el sillón, pegado al ventanal, donde podía vernos en sus últimos momentos de conciencia licorera, luego se dormía tan profundamente que ni nuestras insistencias brutas con su cuerpo adolorido, ni los gritos a boca de jarro al lado de su oreja, hacían silenciar sus ronquidos de bestia herida. Se dormía tan así, hasta que las ganas de otra copa al seco lo despertaban por más de su dulce y dorado trago amargo. 

 

   

Masacre en el patio trasero

Fue una mañana normal en estos meses de ocio. Me tomaba la taza de café con leche rutinaria y con actitud distraída, recién salido de mi limbo de sueños, mirando fijamente a la nada, sin ni una pestañada y con la mente en blanco. Concentrado en el sabor dulce amargo de mi taza y del fuego recién encendido en esa media mañana aburrida.

Un ruido de gallinas histéricas, afligidas; un aletear de alas desesperado fue lo que me sacò de mi trance. Porque en mi casa, no criamos aves, con suerte un perro olvidado que vive en el solitario patio trasero; un pastor alemán desproporcionado el bruto, y feroz como un dinosaurio encerrado.

Volviendo a las gallinas me acordè que la vecina si las tenia, un par de castellanas bien cluecas que paseaban distraídas frente a las narices del perro, pero que en esa mañana se habían arrimado decididas a saltar el cerco, la frontera de palos alercinos donde estaba, para ellas, la diferencia entre morir mutiladas por un perro malhumorado, o morir dignamente; rebosadas en una cazuela, vìctimas ausentes de una receta añeja y prehistórica; navegando sus cuerpos descuartizados en su pequeño mar hirviente, acompañadas de papas zapallos y otras verduras; desplumadas de alma, pero inconcientes de dolor.

Entonces el perro desquiciado matò a la primera gallina de un solo tarascón, que dejò un crujido de huesos frágiles en el aire y una huella de sangre tibia evaporándose sobre la hierba. Así que celebramos un funeral rápido, casi instantáneo. Apurados improvisamos un sarcófago; un piyama de madera, como se dice, pero que en este caso fue un ataúd de bolsa plástica de supermercado y que sepultamos sin llantos, ni rezos, ni extremaunción en el tarro de la basura, antes que la vecina notara su ausencia.
La segunda victima, corrió mejor y peor suerte, ya que en su intento desesperado por escapar de las fauces del asesino, quedò atascada de su ala izquierda en el hocico del perro, este la zamarreó sin compasión, de izquierda a derecha, quedando una lluvia de plumas castellanas que caían lentamente, como nieve, sobre el lomo del desquiciado mastìn. Semimuerta quedò, agonizante y con cara de caldo para el almuerzo la pobre. Se la quitamos al perro como pudimos; y la asilamos tiernamente en la cocina a esperar que pase a mejor vida.
Limpiamos como pudimos los rastros del cruel crimen, volviéndonos cómplices de nuestro fiero guardiàn y de aquella masacre, pero con el apuro de que la vecina no se diera cuenta, nos pasamos por alto los cargos de conciencia.
Volví a mi mesa, donde quedò mi taza de café con leche algo fría, y que al volver a probar invocò sabores a sangre y plumas mojadas. Me parè y la vertí en el desague, paciente en la espera de aquel caldo de gallina virgen que se cocía a fuego lento, total la pobre, como esa mañana, había muerto y seria un desperdicio haberla sepultado junto a su compañera en la basura, además no creo que se arme una guerra entre vecinos, por un par de gallinas que según ellos, nunca conocimos.

La tropa

 

En el lejano potrero olvidado, rodeado de acequias guarisaperas, a un costado de la línea del tren, donde descansaban las viejas y empolvadas canchas de futbol poblacional y dominguero; se reunía la tropa.

Sentados en un banco, como suplentes de un juego invisible, silenciosos y ansiosos en su espera del trago tranquilizador que les haría revivir su mutismo, en una rutina lúgubre.

Fijas las miradas en el paisaje arenoso y de brisas tibias, por las mas de dos horas que duraba el aguante, mudos de expectación; del peor vino de vertientes marginales, que les daba de beber a su esperanza raquítica y porvenir incierto; sedientos del mareo amargo que les brindaba.

 Pasaban su día, trago tras trago, alzando la damajuana, la garrafa; el botellón de vidrio verde de cinco litros que pasaba  de mano en mano, con duro esfuerzo por los brazos enclenques, frágiles y delgados de la tropa vinera, que a esas alturas ya estaban como tagua; borrachos cada uno de ellos, lanzando maldiciones a los vientos empolvados; corrigiendo sus mundos y arreglándose las vidas en divagaciones incongruentes y salivales, enredados en abrazos amorosos; cantando en letras chuecas, deformes, con un trinar mareado de camaradería alcohólica.

Eran las figuras típicas de la idiosincrasia  poblacional, siempre estaban ahí, hasta que caía la tarde,  muriendo su euforia junto con el sol, que  dejaba una estela escarlata en el horizonte y la tropa de tres borrachos de paso débil, caminaba en fila zigzagueante, mascando como animales hambrientos los trozos de pan duro que recogían en el basural.

Su cubil noctámbulo, su guarida modorrera, era en un costado de la línea del tren, donde pasaban sus noches inconcientes, apretujados por el frío invernal o por la lluvia violenta que a veces los acechaba, dejándolos agripados como pollos y con una tos crónica de perro vagabundo.

El tren pasaba a un par de metros de ellos, veloz bestia metálica que los despertaba cada media hora con su rugido lastimoso, de buque en alta mar y con su aletear de vientos gélidos.

Fue una noche negra y tibia, raro en esos tiempos fríos, invernales. Además, los cinco litros diarios, se multiplicaron generosamente; como pan y peces, en diez litros infinitos, que  parecieron durar por siempre en su borrachera inconciente. Fue tan así, que no despertaron, se durmieron los tres hasta nunca, usando de almohadas los rieles del tren desvelador, cómodos en su última noche calida y quedando para siempre, perpetuos a orillas de la línea ferroviaria. Tres animitas; templetes nunca olvidados, inundados de chauchas; monedas míseras que la gente les tira, para que les cumplan sus rezos o para que junten para sus cinco litros diarios y embriagar sus tres almas decapitadas